La paciencia

Narada, el mensajero celestial, fue una vez al Cielo para ver a Dios. Por el camino se encontró con un viejo renunciante y le preguntó: «Voy a encontrarme con Dios. ¿Quieres que le de algún mensaje?» El viejo renunciante le contestó: «Cuando Le encuentres pregúntale por favor ¿cuánto más tendré que esperar? He sido renunciante en mis tres últimos nacimientos.»
Narada le dijo que Le daría el mensaje. Siguió andando y se encontró a otro renunciante sentado bajo un árbol. Era joven y estaba tocando su instrumento de una sola cuerda, ajeno al mundo. Narada le preguntó medio en broma: «Bien, hermano, ¿tienes algún mensaje para Él? Estoy de camino hacia la morada de Dios». El joven siguió cantando, sus ojos cerrados. Narada le sacudió por el hombro y le preguntó de nuevo.
Él le contestó: «No, hermano, no tengo nada que pregúntale. Su gracia es ilimitada; todo lo que necesito ya me lo ha proporcionado. Que no se preocupe por mí. Ni siquiera Le menciones mi nombre pues tengo todo lo que pueda desear: incluso mucho más. Si te es posible, transmítele solamente gratitud.»
Cuando Narada estuvo de vuelta, se encontró al viejo renunciante y le dijo: «Perdóname, hermano, pero Dios me ha dicho. «Antes de llegar, ese hombre tendrá que nacer tantas veces como hojas tiene este árbol».
El viejo renunciante se puso rabioso. ¡Rompió el libro que estaba leyendo, tiró el mala y gritó muy enfadado: «¡Que injusticia! Durante tres nacimientos he hecho penitencias, me he torturado, ¡y aún me quedan todos esos nacimientos! ¡No puede ser!»
Narada se acercó al joven bajo el segundo árbol. «No lo pediste, pero Le pregunté a Dios en tu nombre cuanto tiempo tardarías en llegar y El me dijo:»Antes de llegar, deberá renacer tantas veces como hojas tiene el árbol bajo el que se sienta.»
El joven dio un salto con su instrumento y empezó a bailar de alegría. «¿Tan pronto? ¡Cuánto me estima! ¡Mira el suelo! ¡Hay tantas hojas! Mira los otros árboles cubiertos de hojas, pero para mí El sólo ha contado las hojas de este árbol. ¿Sólo eses nacimientos? ¡Qué maravilla! No me lo merezco. ¿Cómo podré ser digno de Su gracia? ¿Cómo podré expresarle mi gratitud?» Estaba loco de alegría y bailaba dando vueltas y más vueltas en torno al árbol, danzando alrededor de Narada. No podía contener su alegría.
Y la historia dice que bailando así, alcanzó el samadhi. Su cuerpo se desplomó. Lo que debería haber sucedido después de años infinitos, sucedió inmediatamente. La llegada del que tiene esa paciencia no se demora un instante.

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