Los dos ratones y el vaso de leche

LOS DOS
RATONES Y EL JARRO DE LECHE

 

Dos ratoncitos cayeron dentro de un jarro de leche. Al
quedar el borde del jarro demasiado lejos, quedaron atrapados en el interior
del recipiente. Se pusieron a nadar frenéticamente para no hundirse. Llevaban
agitándose así un buen rato, cuando uno de los dos perdió toda esperanza y
abandonó la lucha. Dejó de nadar y se ahogó. El otro extenuado, decidió seguir
luchando hasta el límite de sus fuerzas. Nadó y nadó sin descanso. De repente
la leche se convirtió en mantequilla y apoyándose sobre esta nueva materia, el
ratoncito saltó por encima del borde y escapó.

 

COMENTARIO: ¡Hay que luchar hasta el último segundo, no
rendirse y mantener siempre la esperanza!

 

El poder de la llama

El poder de la
llama

 

Érase una vez una barra de hierro de una fuerza
infinita. Todos, el hacha, el martillo y la llama intentaron romperla en dos.
Yo lo conseguiré dijo el hacha. Golpeó con su filo la barra una y otra vez pero
lo único que consiguió fue perder su afilada punta.
Déjame a mí dijo la sierra, que se ensañó con el hierro hasta que exhausta y
sin dientes, se dio por vencida.
Sabía que no lo conseguirías. Yo te enseñaré como hacerlo dijo el martillo a la
sierra. Pero el primer golpe perdió la cabeza, sin abollar un poquito la barra
de hierro.
¿Lo intento yo ahora? preguntó tímidamente la pequeña llama.
Olvídalo le respondieron todos, nunca lo conseguirás ¿Que puedes hacer tu
insignificante lumbre?
A continuación, la pequeña llama se acercó hasta la barra de hierro, la abrazó
y no la soltó hasta derretirla

El Tigre y el Zorro

El Tigre y el Zorro

Un tigre atrapó a un zorro, y éste le dijo: "A mí no
puedes comerme. El Emperador del Cielo me ha designado rey de todas las
bestias. Si me comes desobedecerás sus órdenes. Si no me crees ven conmigo.
Pronto verás cómo huyen los otros animales al verme".
El tigre accedió a acompañarle y en cuanto los otros animales los veían,
escapaban presurosos. El tigre creyó que temían al zorro. No se dio cuenta que
huían de él.

El optimista y el pesimista

El
optimista y el pesimista

 

Érase una vez dos niños, uno optimista y
otro pesimista. En casa, cada uno disponía de su propio cuarto de juegos. El
pesimista lo tenía todo lleno de juguetes que le habían regalado sus familiares
y amigos con motivo de su cumpleaños o como regalo de Navidad. Ahora bien, el
niño siempre los recibía con lágrimas, pues nunca le regalaban lo qué el más
quería: un tambor. Tal era su obsesión por conseguir un tambor que era incapaz
de contentarse con otros juguetes, por muy bonitos y divertidos que fuesen. Eso
explica por qué todos los regalos estaban tirados por el suelo, completamente
abandonados por su dueño.
El pequeño optimista no era tan afortunado. Lo único que tenía en su cuarto era
un triste montoncito de estiércol de la granja y un tenedor.
Una tarde, como tantas otras, los padres se asomaron a los cuartos de recreo de
sus hijos para verles jugar. Como de costumbre, el pequeño pesimista estaba
lloriqueando porque no lograba encontrar un tambor entre su enorme montaña de
juguetes. En el cuarto del pequeño optimista el panorama era bien distinto. Al
asomarse vieron a un niño risueño y feliz escarbando animadamente entre el
estiércol con el tenedor. Mientras removía la pestilente masa, se decía en voz
alta, con ojos llenos de emoción:
-Si tenemos estiércol en la granja, es porque hay un caballito cerca…

La sala de los 1000 espejos

La sala de los 1000 espejos

 

"Se
dice que hace tiempo, en un pequeño y lejano pueblo, había una casa
abandonada. Cierto día, un perrito
buscando refugio del sol, logró
meterse por un agujero de una de las puertas de
dicha casa.

El perrito
subió lentamente las viejas escaleras de madera. Al terminar
de subirlas se topó con una puerta ligeramente abierta;
lentamente se adentro
en el cuarto. Para su sorpresa, se dio cuenta que
dentro de ese cuarto
habían
1000 perritos más, observándolo tan fijamente como él los
observaba a ellos

El perrito
comenzó a mover la cola y a
levantar
sus orejas poco a poco.
Los 1000 perritos hicieron lo mismo

Posteriormente
sonrió y le ladró
alegremente
a uno de ellos. El perrito se quedó sorprendido al ver que
los 1000 perritos también le sonreían y ladraban
alegremente con él.
Cuando el perrito salió del cuarto se quedó pensando para si mismo:

"¡Qué lugar tan agradable… voy a venir más seguido a
visitarlo!"

 

Tiempo
después, otro perrito callejero
entró al mismo sitio y se encontró en el mismo cuarto. Pero a diferencia del primero,
este perrito al ver
a 
los
otros 1000 perritos del cuarto se sintió
amenazado ya que lo estaban viendo de una manera
agresiva.

Posteriormente
empezó a gruñir,
obviamente
vio como los 1000 perritos
le
gruñían a él. Comenzó a ladrarles ferozmente y los otros 1000 perritos
le ladraron también a él. Cuando este perrito salió
del cuarto pensó:

"¡Qué lugar tan horrible es éste… nunca más volveré a
entrar allí!".


En el frente de dicha casa se encontraba un viejo letrero que decía: La
sala de los 1000 espejos

 

 

Todas las caras del
mundo son espejos. Decide que cara llevarás
por dentro
y ese será la que mostrarás. El reflejo de tus gestos y acciones
es
lo que proyectas ante los demás.

Las cosas más bellas
del mundo no se ven ni se tocan, sólo se sienten con el
corazón.

 

El cuento del poblado

Hasta la choza de un viejo maestro llegaron los ancianos del Consejo de un antiguo pueblo. Venían a consultar al sabio sobre un problema que amenazaba a todos los que habitaban la vieja ciudadela junto al rió. Desde hacia muchos años y pese a todos los esfuerzos del Consejo, los habitantes de ese lugar habían empezado a pelearse a hacerse daño. Se robaban unos a otros, se lastimaban entre si, se odiaban y educaban a sus hijos para que el odio continuara perpetuándose.

Siempre hubo algunas personas que se apartaban de la senda, le contaron al sabio los consejeros apesadumbrados, pero hace unos diez años comenzó a agravarse la situación y desde entonces ha empeorado mes tras mes.

¿Qué pasó hace diez años? Preguntó el maestro.

Nada significativo respondieron los del Consejo, por lo menos nada malo. Hace diez años terminaron de construir todos el puente sobre el rió. Pero eso sólo trajo bienestar y progreso al pueblo.

El maestro asintió con la cabeza y sentándose en un raído sillón junto a la ventana empezó a decir, como para si mismo.

Por supuesto que no hay nada de malo en el bienestar… y mucho menos en el progreso. Sin embargo…

Los consejeros no se animaron a preguntar. Sólo se acercaron un poco para escuchar las palabras del sabio.

El mal no está en el bienestar sino en comparar mi bienestar con el del vecino. El mal no está en progresar, pero si en querer ser el que más ha progresado. No hay nada de malo en las cosas buenas para todos, pero sí en competir por ellas. Vuestro pueblo padece el mal de la silaba central, sentencio el anciano.

¿La silaba central? Preguntaron los del Consejo. ¿Cuál es ese devastador mal? ¿Cómo podríamos curarlo?

Debéis ocuparos de enseñar a cada uno de los habitantes del pueblo que el verbo competir es un verbo que enferma, intoxica y mata. La solución es que todos aprendan a hacer un cambio de silaba. Enseñarles que sólo con reemplazar en la palabra competir la silaba central pe, por la más significativa sílaba par, crearemos una nueva palabra: compartir. Una vez todos hayan aprendido el significado de ese verbo, la competencia no tendrá sentido y sin ella el odio y el deseo de dañar a otros quedará sepultado para siempre.

Todos deberíamos esforzarnos por cambiar la palabra competir por la palabra compartir. Es sólo una sílaba. Un cambio de sílaba para un cambio de vida.

Una parábola tibetana

Una parábola tibetana:

Un hombre sirvió a un maestro durante muchísimos años. Su servicio no era puro; había en él una motivación. Quería que el maestro le diera un secreto. Había oído que el maestro tenía un secreto: cómo hacer milagros. Con este deseo oculto, el hombre servía al maestro cada día. Tenía miedo de hacer alguna mención sobre su motivo, pero el maestro lo observaba continuamente.

Un día el maestro le dijo: «Es mejor que, por favor, dejes hablar a tu mente, porque constantemente estoy viendo que hay un motivo en el servicio que haces para mí. No nace del amor, ciertamente no procede del amor. No veo nada de amor en ello y tampoco veo nada de humildad. Es una especie de soborno. Así que, por favor, cuéntame, ¿qué quieres?».El hombre había estado esperando esta oportunidad. Dijo: «Quiero el secreto de hacer milagros» El maestro contestó: «Entonces, ¿por qué has desperdiciado tanto tiempo? Podrías habérmelo dicho el mismo día que llegaste. Te has torturado a ti mismo y también me has torturado a mí, porque no me gusta que la gente que me rodea tenga motivo. Resulta horrible mirarlos. Son básicamente avariciosos, y la avaricia los hace desagradables. El secreto es sencillo; ¿Por qué no me lo preguntaste el primer día?

Consiste en esto…». Escribió un pequeño mantra en un trozo de papel, solo tres líneas: « Buddham sharanam gachchhami. Sangaham sharanam gachchlami. Dhammam sharanam gachchhmi». Significa: «Me pongo a los pies de Buda, me pongo a los pies de la comuna de Buda, Me pongo a los pies de dhamma, la ley suprema».Y el maestro indicó al hombre: «Lleva este pequeño mantra contigo, repítelo cinco veces; solo cinco veces. Es un proceso simple. Solo tienes que recordar una condición mientras lo repites; date un baño, cierra la puerta, siéntate en silencio; y mientras lo repites, no pienses en monos».

El hombre replicó: « ¿Qué tonterías estás diciendo? Para empezar, ¿por qué debería pensar en monos? ¡En toda mi vida he prestado ninguna atención a los monos! » El maestro contestó: «Tú decides, pero yo tengo que indicarte la condición. Así es como me dieron el mantra a mí, con esta condición. SI nunca has pensado en monos, mejor para ti. Ahora márchate a casa y, por favor, no vuelvas más.

Tienes el secreto y conoces la condición. Cumple la condición y tendrás poderes milagrosos, podrás hacer cualquier cosa que quieras: volar en el cielo, leer el pensamiento de las personas, materializar cosas, y así sucesivamente».El hombre corrió hacia su casa; hasta se olvidó de dar las gracias al maestro. Así es como funciona la avaricia; no conoce el agradecimiento, no conoce la gratitud.

La avaricia ignora por completo la gratitud; nunca se ha cruzado con ella. La avaricia es un ladrón y los ladrones no agradecen a la gente. El hombre salió corriendo, pero estaba muy desconcertado: ya en el camino a casa los monos empezaron a aparecer en su cabeza. Vio muchas clases de monos, pequeños y grandes, con boca roja y con boca negra, y estaba muy aturdido: « ¿Que está pasando?».

De hecho, no pensaba en nada más sino en monos. Y se estaban volviendo más grandes y amontonándose a su alrededor. Se fue a casa, tomó un baño, pero los monos no lo dejaban. Ahora sospechaba que no iban a dejarlo mientras estuviera entonando el mantra. Todavía no lo estaba repitiendo, únicamente se estaba preparando. Y cuando cerró las puertas, la habitación se llenó de monos; ¡estaba tan repleta que no le quedaba espacio para él! Cerró los ojos y allí estaban los monos, abrió los ojos y los monos seguían allí. No podía creer lo que estaba pasando. Lo intentó toda la noche. Tomó uno y otro baño y volvía a intentarlo otra vez, y fracasaba, fallaba completamente. Por la mañana fue a ver al maestro y le devolvió el mantra diciéndole: «Quédate con el mantra. ¡Me está volviendo loco! No quiero hacer ningún milagro, pero, por favor, ¡ayúdame a librarme de estos monos! ». ¡Es completamente imposible librarse de un simple pensamiento!

Y si quieres deshacerte de él, aún se hace más difícil, porque cuando quieres desprenderte de un pensamiento surge la pregunta -es un momento muy decisivo- de ¿quién es el maestro?, ¿la mente o tú? La mente va a intentar por todos los medios posibles demostrar que ella es el maestro y no tú. El maestro ha sido un esclavo durante siglos, y el esclavo ha sido el maestro durante millones de vidas. El esclavo ahora no puede dejar todos sus privilegios y prioridades tan fácilmente.

Va a ofrecerte una gran resistencia. ¡Inténtalo! Hoy toma un baño, cierra las puertas y repite este simple mantra: Buddham sharanam gachchhami. Sangham sharanan gachchami. Dhammam sharanam gachchhami -y no dejes que los monos se acerquen a ti…

Estás riéndote del pobre hombre… Te quedarás sorprendido: tú eres ese hombre.

Si no eres consciente pierdes el reino

Si no eres consciente pierdes el reino.

 

Un rey japonés envió a su hijo para que un maestro le enseñara a ser consciente.

El rey ya anciano le dijo a su hijo “Pon toda tu energia en aprender porque, salvo que seas consciente no vas sucederme. No voy a darle mi reino a alguien que está dormido e inconsciente. No es cuestión entre padres e hijos. Mi padre me lo dio a mí solamente después de haber alcanzado la conciencia. Yo no era la persona adecuada porque no era su hijo mayor, era el menor. Pero mis otros dos hermanos mayores que yo, no podían alcanzarla.

 

Lo mismo va a ocurrirte a ti. Y el problema es aún más complicado porque yo solo tengo un hijo. Si tú no alcanzas la conciencia, el reino irá a parar a manos de cualquiera. Tú serás un mendigo de la calle. Por tanto,, para ti es una cuestión de vida o muerte. Ve con ese hombre, él ha sido mi maestro. Ahora ya es muy mayor, pero sé que si alguien puede enseñarte, ese hombre es él. Dile: “Mi padre está enfermo, viejo y tengo que ser totalmente consciente antes de que muera, de lo contrario perderé el reino”

 

El hijo del rey fue al viejo maestro de las montañas. Le dijo: he sido enviado por tu discípulo, el rey.

El maestro era muy anciano, más que su padre. Le contestó: Recuerdo a ese hombre. Era realmente un auténtico buscador. Espero que demuestres tener la misma calidad, el mismo genio, la misma totalidad. La misma intensidad.

El joven príncipe afirmó: Lo haré todo.

A lo que el maestro respondió: Entonces empieza por limpiar la comuna. Y recuerda una cosa: que te golpearé en cualquier momento. Quizás cuando estés limpiando el suelo yo me acerque por detrás y te golpee con mi vara, así pues, mantente alerta.

El replicó: Pero yo he venido a aprender conciencia…

Y el maestro le comentó: Así es como aprenderás.

Pasó un año. Al Principio recibí muchos golpes cada dia, pero poco a poco empezó a estar más consciente. Hasta incluso las pisadas del viejo…, podía encontrarse haciendo cualquier cosa, por muy absorto que estuviera en su trabajo, inmediatamente se daba cuenta de que el maestro estaba rondándolo. El príncipe estaba preparado. Después de un año el maestro lo golpeo por la espalda mientras estaba muy enzarzado hablando con un compañero del ashram. Pero el príncipe continuó conversando y aun así pudo esquivar la vara antes de que le alcanzara el cuerpo.

El maestro le dijo: Está bien. Este es el final de la primera lección. Esta noche empezamos la segunda.

El príncipe contestó: Creí que esto era todo. ¿Esto es solo la primera lección? ¿Cuántas más quedan?

Depende de ti. La segunda lección consiste en que ahora te golpearé mientras duerme y tienes que mantenerte alerta cuando estés dormido.

El replicó: Dios mío. ¿Cómo puede uno estar alerta dormido?

El viejo aclaró: No te preocupes. Miles de discípulos han pasado la prueba. También tu padre la pasó. No es imposible. Es difícil, pero es un reto.

Y desde entonces, cada noche recibía golpes en seis, ocho o doce ocasiones. Era difícil dormir, Pero a los seis meses empezó a sentir dentro de él una cierta conciencia. Llegó un día que justo cuando el maestro iba a golpearlo, con los ojos cerrados le dijo: No te molestes. Eres demasiado viejo. Me duele que estés tomándote tantas precauciones. Soy joven, puedo sobrevivir a los golpes.

A lo que el anciano contestó: Bendito seas. Has superado la segunda lección. Pero hasta ahora he estado golpeándote con mi vara de madera. La tercera lección consiste en que ahora empezaré a golpearte desde mañana por la mañana con un espada auténtica. ¡Mantente alerta! Un solo momento de inconsciencia y estás acabado.

Por la mañana temprano, el maestro solía sentarse en el jardín, escuchar a los pájaros cantando, ver las flores abrirse, el sol naciendo. El príncipe pensó: ¡Ahora va a ser peligroso! Una vara de madera es dura, difícil, pero no iba a matarme. Una espada auténtica… Él mismo era un espadachín, pero no se le daba la oportunidad de protegerse; su única protección sería permanecer consciente.

Entonces se le ocurrió una idea: Este viejo es realmente peligroso. Antes de empezar la tercera lección me gustaría comprobar si él mismo puede pasar la tercera prueba o no. Si va a poner en riesgo mi vida, no puedo permitirle hacerlo sin haber comprobado si es merecedor de ello no. Esto era solo pensamientos que se le ocurrían mientras yacía en la cama. La mañana era fría.

El maestro le ordenó: ¡Sal de debajo de tu manta idiota! ¿Quieres golpear a tu propio maestro con una espada? ¡Avergüénzate! Puedo escuchar las pisadas de tus pensamientos…, abandona esa idea. Lo había escuchado; aunque no le había dicho hi hecho nada.

Los pensamientos también son cosas. Los pensamientos al moverse, también hacen ruido y quienes están completamente alerta pueden leer tus pensamientos. Aun antes de que tú los percibas, ellos pueden advertirlos.

El príncipe esta realmente avergonzado. Cayó a los pies del maestro y dijo: Perdóname, soy un auténtico estúpido.

Pero ya no se  trataba de un problema de una espada de verdad, empezó a ser consciente de todo lo que le rodeaba, incluso de su propia respiración, del latido de su corazón. Se daba cuenta de la más mínima brisa pasando entre las hojas, de una hoja caída volando en el viento. El maestro lo intentó unas cuantas veces pero siempre lo encontró preparado. No pudo golpearlo con la espada porque no podía sorprenderlo inconsciente, despistado. Siempre esta alerta. Era una cuestión de vida o muerte. No puedes permitirte estar de ninguna otra manera que no sea alerta.

Durante tres días el maestro no pudo encontrar ni un solo momento, ni un solo resquicio. Y después del tercer día, le llamó y le dijo: Ahora ya puedes marcharte y comunicar a tu padre que l reino es tuyo, aquí tienes un carta de mi parte.

Estar alerta es el proceso de mantenerse cada vez más despierto.

 

 

La vida y la Muerte

La vida y la muerte (Una historia de Buda)

 

Buda esta hospedado en un pueblo. Una mujer se le acercó llorando, gimiendo y gritando. Su niño, su único hijo, se había muerto súbitamente. Puesto que Buda se encontraba en el pueblo, la gente le dijo: No llores. Ve a ver a ese hombre, dicen que tiene una compasión infinita. Si él lo desea, puede reanimar al niño. Así pues, no llores, ve a ver a ese Buda. La mujer fue con el niño muerto, llorando y sollozando y todo el pueblo la seguía, todos estaban afectados. Los discípulos de Buda también estaban afectados y comenzaron a rogar mentalmente para que Buda tuviera compasión. Debía bendecir al niño para que se reanimara, que resucitara.

 

Muchos de los discípulos de Buda empezaron a llorar. La escena era muy conmovedora, profundamente emotiva. Todos estaban quietos. Buda permaneció en directo. Miró al niño muerto y después a la desconsolada madre y le dijo: No llores, solo tienes que hacer una cosa y el niño volverá a estar vivo otra vez. Déjalo aquí y regresa a la ciudad, llama en todas las casa y pregunta a cada familia si nunca ha muerto algún familiar en su casa. Y si encuentras una casa donde nunca haya muerto nadie, pídeles algo para comer, algo de pan, algo de arroz o cualquier otra cosa –pero que sea de una casa donde nunca haya muerto nadie. Y ese pan o arroz reanimará inmediatamente al niño. Ve. No pierdas tiempo”.

 

La mujer se puso muy contenta. Tuvo la sensación de que el milagro iba a suceder. Tocó los pies de Buda y corrió hacia el pueblo que no era muy grande, solo unas cuantas casas, unas pocas familias. Fue preguntando de casa en casa, pero todas las familias le dijeron: “Eso es imposible. No hay ni una sola casa –no solamente en este pueblo, sino en toda las faz de la tierra-, no existe ni una casa donde nunca haya muerto nadie, donde no hayan sufrido la muerte, la desgracia, la pena y la angustia de que ello se desprende”.

 

Poco a poco la mujer se cuenta de que Buda le estaba gastando una broma. Era imposible, pero todavía existía la esperanza. Siguió preguntando hasta haber recorrió todo el pueblo. Se le secaron las lágrimas, se le apagó la esperanza, pero de pronto sintió una nueva tranquilidad, una serenidad que la envolvía. Se dio cuenta de que todo lo que nace tiene que morir. Solo es una cuestión de años. Algunos morirán antes y otros después, pero la muerte es inevitable.

 

Regresó y una vez más tocó los pies de Buda, diciendo “Como todos dicen, realmente tienes una gran compasión hacia las personas”. Nadie podía comprender lo que había sucedido. Buda la inició en sannyas, se convirtió en discípulo.

 

Ananda, discípulo de Buda, le preguntó “Podrías haber reanimado al niño. Era tan bonito y su madre estaba tan angustiada…”. Pero Buda respondió: “Aunque lo hubiera resucitado, tendría que morir. La muerte es inevitable”. Ananda replicó: “No pareces ser muy sensible con la gente, con su desgracia y angustia”: Buda contestó “Yo soy sensible, pero tú eres sentimental. Solo porque llores ¿Crees que eres sensible? Eres infantil. No comprendes la vida. No te percatas del fenómeno”.

 

Podemos concebir que Buda fuese más sensible que sus discípulos que estaban llorando. Ellos eran sentimentales.

 No confundas tu sentimentalismo con la sensibilidad. El sentimentalismo es ordinario; la sensibilidad es extraordinaria. Sucede a través del esfuerzo; es un logro, tienes que ganártelo. El sentimentalismo no tiene que ser ganado; naces con él. Es una herencia animal que ya posees en las células de tu cuerpo y de tu mente. La sensibilidad es una posibilidad; todavía no la tienes. Puedes crearla, puedes trabajártela –entonces te sucederá.

El cuento de las dos tortugas

El cuento de las dos tortugas

 

Iban dos tortugas muy sedientas arrastrándose por el desierto. Al cabo de un tiempo descubrieron una botella grande de coca-cola.

Saltaron de alegría, pero enseguida se dieron cuenta de que no tenían un abridor. Lo intentaron con todas sus fuerzas, pero no había manera de abrir la botella, así que decidieron que un volvería al pueblo y la otra vigilaría la botella. Pasó mucho tiempo –cinco horas, diez horas, un día, dos días, cinco días, siete días. Entonces la tortuga que vigilaba volvió a intentar abrir la botella. Inmediatamente la otra tortuga salió corriendo de entre las dunas cercanas gritando “Si empiezas así, nunca me iré”.